EL RETRATO DE LA DAMA DE AZUL

Publicado en por ORION

EL RETRATO DE LA DAMA AZUL

Margarita Salvo vive, y en las cálidas noches de verano puede entreverse su sombra junto al viejo jardín de su casa en la calle Agraciada. Margarita Salvo cree vivir, y pasea su vestido azul bajo los timbó de la Avenida Buschental, como el contorno borroneado de una foto antigua. Los vecinos la ven de tanto en tanto pero jamás lo comentan, como si al mencionarla se admitiera su imposible presencia centenaria.

Margarita Salvo está muerta, pero ella no lo sabe. Repite el paseo melancólico que antaño la llevara por el Prado para devolverla al calor de la chimenea de su hogar, cuyo fuego se reaviva cuando su dueña regresa por las noches.

En los albores del siglo XX, Margarita Salvo vivía en un caserón ubicado en Agraciada casi Buschental, acompañada de una numerosa servidumbre con la que guardaba una relación de afecto poco usual para la época.
Los vecinos del barrio recordaban sus largos paseos por las calles del Prado. Todos los días, las cuatro estaciones del año, el movimiento azul de sus vestidos se anunciaba indefectiblemente por la Avenida Buschental, que solía recorrer de un extremo a otro en sus periplos vespertinos.

En el caserón de los Salvo, sobre una chimenea amplia en la sala de estar, colgaba un cuadro particularmente vívido. En él, Margarita Salvo posaba debajo de un árbol con las hojas marchitas. Era otoño, y el vestido azul de la mujer se estremecía con el viento, resaltando el color de la tela en contraste con un cielo plomizo.
Lo habían mandado pintar muchos años atrás, y desde entonces dominaba la sala en lo alto de la chimenea, donde las llamas del fuego daban una curiosa impresión de movimiento a la figura impasible del retrato.

En 1920 una enfermedad comenzó a consumir a Margarita por dentro. Recluida en su cama, rodeada por sus criados fieles y preocupados, el azul de su vestido dejó de verse en su recorrido usual de la calle Buschental. Una docena de doctores visitó el caserón de los Salvo, comprobando con perplejidad cómo la vida de la mujer se extinguía sin causas aparentes. Era una suerte de tristeza reptando desde adentro, conquistando terreno mientras Margarita parecía sufrir más el calvario de su propio encierro obligado que la decadencia de su cuerpo.

En los últimos días de octubre del ’20, los lamentos de la Dama Azul se hicieron más prolongados, oyéndose en ocasiones desde la calle Agraciada, cuando el ventanal de su cuarto permanecía abierto. Ese mismo mes, Margarita expiró sin volver a las calles del Prado. Como un guante oscuro, un profundo pesar envolvió la casa donde aún habitaban los sirvientes.

El silencio ganó poco la sala de estar, donde la figura de la Dama dominaba aún desde el retrato los largos corredores antiguos y el ventanal enorme que daba a un fondo poblado de transparentes y palos borrachos.

Dos de los criados debían permanecer en la casa con el objetivo de mantener el lugar hasta que se dilucidara su destino, evitando el abandono y protegiéndola de posibles intrusos.

Sólo permanecieron un mes. Los sirvientes narraban con espanto que solían encontrar la reja del portón entreabierta por las noches y juraban haber visto el movimiento fugaz del vestido azul alejándose por Buschental. La chimenea aparecía prendida cuando nadie había iniciado el fuego y alumbrados por el resplandor trémulo de las llamas, los criados aseguraban que el cuadro de la Dama Azul aparecía vacío en aquellas ocasiones. Allí seguían los árboles de Buschental, mecidos por el viento, pero no había rastros de su señora en la pintura, como si la figura espectral escapara del marco que la contenía.

Por entonces, el rumor comenzó a circular entre la vecindad. Algunos habitantes de la zona continuaban viendo la figura de Margarita Salvo con su vestido azul, pero evitaban comentarlo a los demás, como si el solo hecho de mencionarlo convirtiera en pavorosa y sobrenatural una situación común por tantos años.

La casa fue abandonada, el tiempo pasó, se cerraron los postigos y las rejas y lo que antaño fuera un portento arquitectónico pasó a ser un viejo caserón más en esa zona del Prado. La leyenda languideció un tanto con el transcurso del tiempo, pero jamás murió totalmente.

Hay quien narra que aún puede hallarse el portón entreabierto algunas noches, y que desde el jardín se escucha de tanto en tanto el lamento triste de Margarita. Hay quien jura que entró cuando niño en la casa, topándose con la silueta azul enmarcada en el gran ventanal del fondo, mientras un retrato vacío era testigo de la escena.

Indiferente a todo, Margarita Salvo pasea su vestido azul por Buschental y observa cómo un nuevo siglo despunta tras el trillo de sus pasos.

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