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Teotihuacán, otra puerta a las estrellas

Cada vez son más numerosos los investigadores de culturas antiguas que reconocen la existencia de una función estelar en los monumentos de culturas desaparecidas, como la egipcia, la china, la mesopotámica o, como sucede en este caso, la mesoamericana. Curiosamente, no deja de ser sintomático que muchas de estas culturas antiguas pusieran sus ojos en unas constelaciones muy concretas, como sucede con Orión, identificada por los antiguos egipcios, por ejemplo, con el dios de la muerte, Osiris. Para él levantaron numerosas pirámides en el Valle del Nilo, dibujando sobre la Tierra el mismo esquema que tiene esta constelación en el cielo, una especie de reloj de arena.
Artículo de Nacho Ares publicado en el núm. 56 de Enigmas.


>A exactamente 12.487 Km de la meseta de Gizeh y separados en el tiempo al menos por casi 2.000 años, en México, se encuentra el complejo piramidal de Teotihuacán, para muchos una continuación del gran enigma arqueológico que supone la meseta de Gizeh en Egipto (Robert Bauval, El misterio de Orión, Barcelona. 1995).

La ciudad cósmica
El cuarto de millón de almas que llegó a poblar la metrópolis de Teotihuacán en su apogeo, en el siglo V antes de nuestra Era, ofrece a lo largo de los 2 Km. que mide su gigantesca Avenida de los Muertos, una magnífica visión de lo que era capaz el Hombre de la antigüedad para satisfacer a sus dioses.

Pero, además de toda la parafernalia necrológica que rodea al recinto, las investigaciones más recientes de la última década han llegado a la conclusión de que también en Teotihuacán se dieron ciertas similitudes estelares que acercan este complejo al de Gizeh, en Egipto. Los monumentos más importantes de Teotihuacán, las pirámides del Sol y de la Luna y el templo de Quetzalcóatl, construidos en algún momento entre el 200 a. de C. y el 200 d. de C., están ubicados en la misma posición que las pirámides egipcias, si bien con una orientación diferente. La gran plaza de la Ciudadela y el templo del Sol están paralelos a lo largo de la Avenida de los Muertos, mientras que el templo de la Luna está al final de la misma, es decir fuera del alineamiento con las otras dos, tal y como ocurre en la meseta de Gizeh con la pirámide de Micerinos. Esta circunstancia ha sido utilizada por el investigador británico Adrian Gilbert para intentar buscar algún vínculo de conexión con la misteriosa constelación de Orión.

Pero no es ésta la única relación que se puede obtener entre la meseta de Gizeh y Teotihuacán. El investigador Stansbury Hagar llegó a la conclusión de que el complejo piramidal mexicano era un mapa del Cielo y que la Avenida de los Muertos desempeñaba la función de la Vía láctea, es decir, como Bauval sugería del Nilo para Egipto.

La arqueoastronomía científica
Este tipo de investigaciones ya tuvo su eco hace años en el seno de las más prestigiosas universidades europeas. Gerald S. Hawkins, astrónomo del observatorio de Cambridge (EE UU), es una de las piezas clave en el descubrimiento de aparentes "coincidencias" entre la construcción de Teotihuacán y algunas constelaciones. Muy conocido desde la década de los 60 por su revolucionado libro Stonehenge descodificado, en el que realizaba un barrido sistemático de las relaciones de este monumento megalítico con las estrellas del cielo, continuó sus investigaciones en otro volumen no menos codiciado que el anterior Más allá de Stonehenge. En él, Hawkins apunta que mientras las calles de Teotihuacán están planeadas sobre un sistema de cuadrículas, las intersecciones de estas mismas calles, en cambio, no tienen un ángulo de 90 grados como sería de esperar, sino de 89. Por su parte, tampoco la cuadrícula está orientada a los puntos cardinales, tal y como ocurre en casi todos los grandes monumentos de la antigüedad, sino que corre paralela a la Avenida de los Muertos, dirección Noreste, apuntando a la constelación de las Pléyades.

Empleando un programa informático al que proporcionó todos los datos del complejo de Teotihuacán, Hawkins descubrió algo aún más sorprendente. Y es que algunos de los monumentos estaban orientados hacia la estrella más grande de la constelación del Can Mayor, Sirio, la misma que los antiguos egipcios identificaban con la diosa Isis, esposa de Osiris, a quien, por su parte, vinculaban con Orión. Hugh Harleston, un ingeniero que trabajó en Teotihuacan durante los años 60 y 70, llegó a la conclusión de que esta ciudad bien podría ser una maqueta del Sistema Solar. En ella el templo de Quetzalcóatl sería el Sol; los planetas, una serie de monumentos adyacentes que guardaban la escala y distancias proporcionales.

Son muchas más las teorías que relacionan Teotihuacán con algún elemento del Sistema Solar. En cualquier caso, haciendo un pequeño resumen de todas ellas, los problemas que proporcionan son muy similares a los de Gizeh. Y es que las pruebas históricas indican que su construcción debió de realizarse a partir del 200 a. de C. en diferentes etapas, muy distanciadas en el tiempo. Sin embargo, las pruebas arqueoastronómicas parecen indicar que la ciudad debió de ser construida hace 6.000 años, dando la razón a las tradiciones de los propios aztecas, quienes mencionaban que fue la divinidad Quetzalcóatl quien la construyó en el año 3113 a. de C.
Por ORION - Publicado en: Misterios
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