LOS FANTASMAS DE LA RUTA

Publicado en por ORION

Fantasmas de ruta

El mundo de las leyendas urbanas está plagado de relatos extraños que tienen como escenario rutas o calles solitarias, cuyos protagonistas son generalmente caminantes misteriosos o los mismos coches que sobre ellas transitan. En Estados Unidos son tan populares que ameritan un subgénero aparte, caracterizado por apariciones fantasmagóricas o accidentes de tránsito originados por causas sobrenaturales, relatos “unidos por el símbolo de la Norteamérica moderna: el coche”, según narra el folklorista Jan Harold Brunvand. En Uruguay (particularmente en el interior), este tipo de cuentos son también comunes: hoy les ofrecemos una primera parte con tres leyendas, situadas tanto en la capital como en el interior..


La curva de la muerte


La llamada “curva de la muerte”, donde hoy está el museo oceanográfico, es conocida por albergar el relato de Alicia del Buceo, que ya narramos en este espacio y que también puede considerarse dentro de las leyendas clásicas “de ruta”. Sin embargo, el lugar fue tristemente célebre por la cantidad de accidentes de auto que allí sucedían, a tal punto que las autoridades debieron optar por eliminar la curva hace ya un tiempo. Suele contarse que los conductores, momentos antes de llegar a la zona, veían una extraña figura haciendo gestos, como si les rogara que aminorasen la velocidad. La presencia de esta silueta era un símbolo fatídico: inevitablemente los autos se estrellaban poco después de su aparición. Este espectro amigable (o de mal agüero, según se lo mire) que intenta alertar al automovilista, recuerda mucho al guardavías de Charles Dickens, uno de los cuentos de terror más populares del siglo XIX: en él, una figura fantasmal –parada sobre una tenebrosa boca de túnel- hacía exactamente estos mismos gestos antes de cada choque de tren. En el caso de la “curva de la muerte”, la silueta atenta era sustituida en muchas ocasiones por gente extraña que cruzaba la calle antes que los conductores doblaran. Con la eliminación de ese tramo, muchos años atrás, el fantasma atento –presumiblemente uno de los primeros en fallecer en la trampa de la curva- fue liberado finalmente de su cíclica e inútil tarea: advertir eternamente sobre los peligros mortales de esa ruta y estar condenado a ser desoído para siempre.



El mendigo del túnel de 8 de octubre

El túnel que une la calle 8 de octubre con 18 de julio, aquí en Montevideo, es protagonista de una narración urbana que circuló oralmente durante un extenso período de años. Cuentan que poco después que dicho túnel fuera estrenado, un mendigo en estado de ebriedad -que daba un vistazo a la nueva obra desde arriba- cayó al suelo tras perder el equilibrio. Desorientado, el hombre decidió introducirse en la boca de la novísima construcción. Lo hizo con tanta mala suerte que tomó la senda contraria, siendo atropellado por un trolebus y perdiendo la vida inmediatamente
Desde entonces, cuentan que la silueta del mendigo puede entreverse en ocasiones en medio del pasaje, cuando los buses transitan a gran velocidad. La figura desaparece momentos antes de repetir el impacto que sufriera en vida, como si intentara una y otra vez salir del túnel que lo llevó a la muerte. El relato tenía un agregado que no era menor, y que era repetido con frecuencia por madres crédulas y preocupadas: nadie que osara aventurarse a pie por un extremo del túnel lograba encontrar la vía de salida, ya que el mendigo atraía inevitablemente a los caminantes a su mismo destino fatal.




El andante


En las cercanías de la ciudad de Bella Unión, departamento de Artigas, un relato corre de boca en boca desde la época de auge del gran ingenio azucarero CALNU. En los accesos al lugar había una curva muy peligrosa, causa de muchísimos accidentes. Uno de ellos, trágico por sus características, acabó con la vida de un inversor de la cooperativa que llegaba desde Montevideo.

Quienes viajan por esa vía en estos tiempos se topan a veces con un extraño caminante, que se dirige hacia CALNU y en ocasiones hace dedo: viste traje antiguo, usa sombrero y lleva una maleta. Cuando un conductor atento accede a llevarlo, extrañado ante una indumentaria tan poco común, el atildado señor comenta que es un inversor importante que se dirige hacia su trabajo. Al llegar a destino los choferes suelen ser víctimas de un ataque de nervios cuando su ocasional copiloto, con perfecta cortesía , emite un “gracias” frío y penetrante y se desvanece del coche como por arte de magia.

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