LOS MOAI

Publicado en por ORION

La isla de los moai

La isla de Pascua es uno de los grandes misterios de la arqueología. Pero ese misterio adquiere una dimensión más profunda cuando nos es narado por el Dr. Jiménez del Oso.
Fernando Jiménez del Oso (Enigmas, núm. 63)


En los mapas hay un punto que la sitúa: se trata de una simple alusión, porque guardando las proporciones debidas ni a punto llegaría. Está en el Océano Pacífico, a 27º 8' y 6'' de latitud Sur y 109º 54'' de longitud Oeste. 3.518 kilómetros la separan del punto más cercano al continente americano y 2.037 de Picairn, la isla más próxima de la Polinesia. Cierto que mucho más cerca, a pocos centenares de kilómetros, está la isla de Sala y Gómez, pero se trata de un islote volcánico que siempre estuvo deshabitado. Pascua está lejos de cualquier parte y como lugar carece de atractivo: en su forma triangular la distancia más larga no llega a los veinticinco kilómetros y el relieve se reduce a tres viejos volcanes cuyos cráteres cambiaron la lava por agua verde y mansa; el resto es un terreno pobre formado por escoria y polvo volcánico cuya capa fértil apenas alcanza los cincuenta centímetros de profundidad; nunca fue tierra de grandes árboles o pródigas cosechas. Es una isla pobre en recursos y, aún más por serio, sobrada de misterios.


Datos para una historia
Allá por el 1686, el pirata Davis pasó cerca; aunque no desembarcó en ella, señaló su posición, y como Isla de Davis se la conoció durante mucho tiempo. El siempre gozoso privilegio de ser hollada por pies europeos no lo alcanzó hasta 1722. Ese año, el neerlandés Jacobo Roggeveen (1659- 1729), que iba rumbo a Nueva Guinea con tres barcos bajo su mando, decidió que era ya momento de incorporar la isla a la lista de tierras conocidas. Era el día 6 de abril, Pascua de Resurrección, por eso la bautizó como Isla de Pascua.. Desde el punto de vista geográfico o antropológico no fue una visita digna de mención, el territorio apenas fue explorado y no se levantaron mapas, pero debió ser un acontecimiento recordado por los isleños durante mucho tiempo, ya que una docena de ellos fueron muertos por disparos de mosquete. Afortunadamente, cuando se produjo la segunda llegada de barcos europeos ya habían transcurrido cuarenta y ocho años y no debían quedar testigos del primer encuentro. En esta ocasión el visitante fue un español, Felipe González de Haedo, natural de Santoña (Santander) y uno de los más ilustres marinos que dio la Armada. Llegó con el navío San Lorenzo y la fragata Santa Rosalía el día 20 de noviembre de 1770 y tomó posesión de la isla en nombre de Su Majestad Carlos lII rebautizándola con el nombre de Isla de San Carlos.

Aparte de lo que en sí mismo tiene de agresivo apropiarse de algo que legítimamente pertenece a otro -y me refiero, claro está, a los habitantes de la isla y no a los neerlandeses-, no hubo maltrato para los pascuenses o san carlenses y sí una corta pero fructífera convivencia que permitió explorarla isla, trazar mapas y tomar nota de los usos y costumbres de aquella gente. De lo que escribieron los marinos convertidos en cronistas hay algunos datos curiosos, como la sorpresa y el rechazo que experimentaban los isleños al ver fumar a los españoles, manifestando con apasionados gestos que el humo iba hacia lo alto y molestaba a los dioses.

También es notable que, al describir a los aborígenes insistieran en que, de no ir tan pintarrajeados y escasamente vestidos, podrían pasar perfectamente por europeos; lo que resulta desconcertante si, como se afirma, los habitantes de Pascua eran polinesios.

En cualquier caso, uno se pregunta qué relación tenían aquellos pascuenses del sigo XVIII con los que esculpieron los moais y, más aún, qué queda de aquel material humano en la isla actual. La expedición de Felipe González de Haedo se refiere a poco más de un millar de insulares -una cifra lógica, dados los escasos recursos de la isla- pero treinta años después se extendió entre los piratas la atroz costumbre de capturar pascuenses para venderlos como esclavos a las guaneras peruanas, lo que hizo disminuir considerablemente su número. Pasado algún tiempo, se impusieron las razones humanitarias y los supervivientes fueron devueltos a su isla. Lo lamentable fue que regresaron con un equipaje no previsto: la viruela y la lepra. En 1862 sólo quedaban ciento once personas en la isla.


La sorpresa de los "moais"'
Ha transcurrido más de un siglo y Pascua cuenta con unos dos mil habitantes, mezcla de autóctonos, continentales y polinesios. Casi todos ellos viven en la capital, Hanga Roa, una pequeña ciudad con escuela, hospital y aeropuerto; pero ellos, como los turistas que visitan la isla, tienen poco que ver con quienes levantaron las mil estatuas de piedra: esos mil guardianes de Pascua conocidos como moais. Si no el más importante, los moais constituyen el misterio más conocido de Rapa Nui (nombre polinesio de la isla).Y lo son por varias razones: su número, su función y su traslado. Cada una de ellas merecería un tratado.

¿Por qué tantas? Entre las terminadas y las que están aún a medio esculpir en la cantera del volcán Rano Raraku, se han contado más de mil. En una isla que en sus tiempos de mayor densidad demográfica contó con cinco o diez mil habitantes, la presencia de un millar de estatuas de piedra de gran tamaño resulta sorprendente; más parece que se tratara de una isla factoría dedicada a esculpir moais para su exportación, que de un lugar donde se les rendía culto. Puede descartarse que su fabricación respondiera a criterios comerciales, porque moais sólo los hay en Pascua, así que es preciso admitir que las razones fueron conmemorativas, espirituales u ornamentales, o todas ellas al tiempo.

Suele decirse en los libros que los moais representan a caciques locales, lo que, aunque razonable en teoría, resulta incomparable con los moais mismos, ya que no se trata de retratos, sino de criaturas idealizadas con aspecto vagamente humano. Además, al visitar la cantera del Rano Raraku y comprobar que hay cerca de cuatrocientos en diferentes fases de tallado, resulta evidente que no podía haber tantos personajes gobernando, recién muertos o en trance de morir. Lo más lógico es vincular esas estatuas con lo trascendente: representaciones de dioses, espíritus o personajes del pasado que asumieron una función mixta, como los héroes mitológicos.

Su relación con lo supranatural resulta aún más clara si se considera que el moai no es una pieza independiente, sino parte del conjunto ahu-moai, ya que las estatuas se disponían sobre un basamento de piedras labradas, el ahu, en torno a cuya base se extendía una plataforma de cantos rodados, la tahua, en la que se enterraban los cadáveres previamente descarnados. Se trata, pues, de monumentos funerarios en los que el moai es la parte más representativa. Dado que raramente se trata de enterramientos individuales y que éstos se realizaban después de construido el monumento y en épocas diferentes, es lícito suponer que la intención era colocar a los muertos importantes en un lugar previamente sacralizado, buscando la protección de aquellas entidades a las que los moais representaban; algo similar a las tumbas que hay en el interior de nuestras iglesias y catedrales. Si, como se describe en el artículo de JJ. Benítez, los moais eran depositados o condensadores del maná, la energía psicoespirtual a la que aluden las tradiciones pascuenses, el fin de los enterramientos podría haber sido la incorporación del espíritu de los fallecidos a ese maná colectivo. Quizá debiera asumirse que los moais fueron lo que en cierto modo están siendo de nuevo: el símbolo espiritual de Pascua, el alma de la isla.


Vulneración de las leyes físicas
Por más que algunos arqueólogos se esfuercen en encajar la cuestión de las estatuas pascuenses en esquemas coherentes con una visión simplista del pasado, lo cierto es que ni por su número ni por su presumible función se ajustan a lo que pudo dar de sí la historia de Pascua: no son equiparables a otras estatuas de otras culturas.

En lo único que puede haber paralelismo con otros pueblos del pasado es en el desprecio que sus constructores manifestaron por el esfuerzo. En la factura y en el traslado de los moais se refleja la misma insana
afición a vulnerarlas leyes físicas que en Tiahuanaco, en Egipto o en Sacsaihuamán. Y me refiero, naturalmente, al tamaño de las piedras.

Pudiendo limitar su esfuerzo a lo razonable, tallando moais de ocho o doce toneladas, como son la mayoría, los hicieron mayores, como si el método de traslado que utilizaban les hubiese resultado tan eficaz que para nada debieran preocuparse del tamaño: en la cantera del Rano Raraku hay uno sin terminar que mide veintidós metros de altura, con un peso estimado superior a las doscientas toneladas; puesto en pie tendría la altura de un piso de seis o siete plantas. O eran débiles mentales o sabían cómo desplazar aquella mole.

Dado que los antiguos pascuenses dejaron abundantes testimonios de su habilidad y sentido práctico, no hay razón alguna para dudar de su capacidad intelectual y sí para asumir que eran capaces de resolver un problema que en teoría carece de solución. En otro lugar y en otras circunstancias, el traslado de esa masa seria difícil y costoso; en Pascua, dados los recursos humanos y técnicos de que disponían, era, sencillamente, imposible. La tradición pascuense resuelve el problema afirmando que los moais "iban solos", carentes de peso por obra y gracia del misterioso mana. Es una explicación que carece de sentido ante el criterio mecanicista con el que la ciencia actual pesa y mide la realidad, lo que tampoco debe preocupar demasiado, porque ese criterio -tan útil en muchos sentidos- se ve desbordado no pocas veces por la realidad misma.

Lo fascinante de Pascua es que para justificar sus moais, sus muros de "estilo inca" o sus tablillas rongo-rongo, a las que luego me referiré, no puede hablarse de influencias externas; es una isla de náufragos, no un lugar de paso. Su extremo aislamiento sugiere que quienes llegaron a ella lo hicieron empujados por las circunstancias, desviados de su rumbo por una tormenta o por cualquier otra causa, y que, una vez allí, se quedaron porque no tenían otro remedio. Que entre esos náufragos hubiese hombres y mujeres es ya más difícil de explicar. A pesar del énfasis puesto por la expedición de Felipe González de Haedo en el aspecto "europeo" de los isleños, no parece haber duda sobre su naturaleza polinesia, reconocida por Cook y otros navegantes del siglo XVIII. Por otra parte, es lógico que así sea, puesto que, aunque a dos mil kilómetros de distancia, la Polinesia es el lugar más cercano a Pascua. Casi con toda seguridad llegaron de una isla de ese archipiélago; pero ¿cuándo? y ¿cuántos? La datación más antigua por el Carbono 14 corresponde al 386 d. de C., y hay otra del 857 d, de C., pero todos los estudios arqueológicos y la propia tradición pascuense se refieren a una inmigración mucho más reciente -en torno al siglo XIII o XIV- como responsable de las construcciones. Es decir, en el transcurso de tres o cuatro siglos y en condiciones de absoluto aislamiento, se gestó una original cultura, con manifestaciones artísticas depuradas, capaz de alardes técnicos desconcertantes y -lo que es mucho más extraordinario- dotada de una compleja escritura: la que aparece en las tablillas rongo-rongo.


Rongo-Rongo, una escritura compleja y enigmática
Sólo se han encontrado en la isla de Pascua. Se trata de tablillas de madera pulida cubiertas de una extraña escritura. Su precio es incalculable, porque sólo se conservan veinticuatro, hoy repartidas por varios museos del mundo. Tenerlas en la mano y acariciar su bruñida superficie entraña el mismo placer fetichista para los que nos apasionamos por los misterios del pasado, que el que sentiría un creyente al tocar los huesos de San Pedro. Son la llave de una puerta que, si alguna vez llega a ser abierta, nos descubrirá los más oscuros secretos de la Historia.

Grabadas cuidadosamente en la madera, centenares de figuras, de pequeños ideogramas, se ordenan en líneas que deben ser leídas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, alternativamente, en pseudobustrófedon. Lo que en ellas está escrito nadie lo sabe aún.

No puede pensarse que esa escritura nació en Pascua, porque el tiempo necesario para desarrollar un lenguaje escrito hace que éste sea una prerrogativa de culturas milenarias, no de las que cuentan con unos pocos siglos de historia. Además, en esa comunidad aislada y forzada por la pequeña extensión de la isla a una convivencia casi íntima, es tan absurdo inventar la escritura, como lo habría sido inventar el telégrafo para comunicarse de una habitación a otra en la misma casa.

La tradición pascuense aclara la cuestión diciendo que las tablillas rongo-rongo fueron llevadas a la isla por Hotu Matua, un legendario personaje que, según esas mismas tradiciones, llegó al mando de una expedición en el siglo XIII o XIV y se estableció en Pascua. Dicen que con el rey Hotu Matua iban vados sabios expertos en ese tipo de escritura y que consigo llevaban sesenta y siete tablillas con el mismo celo que si de un tesoro se tratara. Pero, si fue así, ¿de dónde venían? No hay en Polinesia escritura semejante, y tampoco en América. Por lo que se deduce de la historia conocida de la isla, los pascuenses tenían especial respeto por esa escritura, considerándola tapu (secreta) y reservando su aprendizaje a un grupo de iniciados, el clan de los Miru. Sin embargo, mucho antes de que la isla recibiera la primera visita de los europeos, su edad dorada se había ya eclipsado tras una época de luchas internas y los pascuenses nada sabían del significado de la escritura, aunque seguían copiando sus signos en nuevas tablillas para beneficiarse de su supuesto poder mágico.

En la caja fuerte del Museo de Historia Natural de Santiago de Chile se guardan tres tablillas y un bastón lleno de los mismos signos. Asombran por su perfección; más que escritura parece que se tratara de la labor de un orfebre: no hay señal de que el pulso traicionara en momento alguno al escriba, ni hay surco más profundo o más ancho que lo haga distinto a los restantes. Nadie conoce el secreto de los ciento cincuenta símbolos o ideogramas que se combinan para contar una historia que, quién sabe si ya para siempre, está olvidada. Pero eso no es todo...

Quizás el sueño de los arqueólogos fuera hoy más sosegado si un día, hace ya sesenta años, un paleógrafo húngaro llamado Guillermo de Hevesy no hubiera presentado en la Academia de Inscripciones y Bellas Letras de París un trabajo demostrando que el misterio de las tablillas rongo-rongo iba más allá del tiempo y del espacio. Lo que hasta ese momento era un enigma histórico se transformó en algo tan absurdo e insondable como un agujero negro: otro pueblo, separado por 3.500 años de historia y a 20.000 kilómetros de distancia, se había servido de la misma escritura. ¿Qué clase de expedición era aquella que llegó a Pascua bajo el mando de Hotu Matua? ¿De qué rincón del tiempo y del espacio procedían aquellas tablillas que los navegantes llevaban en su equipaje?

El trabajo de Hevesy fue aceptado por unos y rechazado por otros. Y acaso estos últimos no merezcan reproche, porque es lícito agarrarse a lo que sea cuando el suelo se hunde bajo los pies. Sin embargo, el paso de los años y el trabajo de otros investigadores han confirmado la veracidad de aquel informe:

En el Valle del lndo, en el actual Pakistán, hubo una cultura, tan soberbia como poco conocida, que se sirvió de la misma escritura. Fueron los que edificaron Harappa y Mohenjo Daro, las ciudades de ladrillo que sólo a medias ha desnudado la piqueta del arqueólogo. Urbes para cuarenta mil almas que revelan la existencia de una cultura de la que nada se sabía, comparable a las de Egipto y Mesopotamia y contemporánea de ellas. Sus calles rectas, su perfecto alcantarillado y detalles de confort inusuales en aquella época, como retretes similares a los de ahora, hablan de una sociedad tan original y avanzada, que resulta coherente que entre sus ruinas no se hayan encontrado restos de templo alguno. No estaban esas ciudades lejos de la costa y el lndo a su altura es navegable; puede que marinos intrépidos o locos hallaran el camino para llegar a la Polinesia atravesando el Océano Indico y gran parte del Pacífico; pero ¿cómo navegar en el tiempo y surcar tres mil quinientos años? Es posible que el mítico Hiva, la tierra hundida de las sagas pascuenses, conservara como un precioso legado la escritura de aquellos navegantes protoindios... No lo sé, pero sí recuerdo que, al pasar suavemente mis dedos sobre la madera roja en la que alguien escribió cosas que no entiendo, sentí que bajo ellos se deslizaba la piel misma del misterio. Días después, cuando en Pascua miraba fijamente los moais preguntándoles cuál era su secreto, intuí que aquellos finos labios de piedra sonreían de la misma forma que yo sonreiría si viera al niño de la parábola intentando vaciar el mar con un cedazo

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